En julio de 1998 entré a trabajar a la redacción de Deportes de El Comercio. Cumplía así mi sueño adolescente más genuino: ser reportero, escribir sobre fútbol. Siempre había sido un afanoso hincha de la U. Cuando no iba al estadio [a sentarme en las faldas de la barra de Oriente], me quedaba en casa imaginando el vértigo de los partidos a través de las narraciones de Radio Ovación, cruzando los dedos para que en el siguiente tiro de esquina llegara un gol crema. Si ganaba mi equipo, el aire triunfal tanqueaba mis pulmones siete días. Si perdía, me deprimía la semana entera.
Trabajar en Deportes, ir a los entrenamientos casi todos los días, conversar con jugadores y técnicos, asistir al club y a la cancha durante cinco años con la misión, ya no de ver, sino de contar, hizo que mi opinión respecto del fútbol cambiara dramáticamente. No dejé de alegrarme ni de apenarme por los triunfos o derrotas de la U, pero atemperé la pasión que antes me desbordaba. Conocer de cerca algo que has querido a la distancia entraña el enorme riesgo de la desilusión. Algo de eso me pasó.
La Trinchera Norte –que cuando chiquillo, desde Oriente, me inspiraba una rara fascinación– de repente, vista con la lupa de la costumbre, se convirtió ante mis ojos en una barra que acogía a hinchas pero también a pandilleros; que presionaba dentro del estadio pero delinquía fuera; que era capaz de gritar un gol con la misma furia y saña con que después podía disparar un arma. Si su entrega me maravilló de chico, su salvajismo me descompuso de adulto. Lo mismo ocurrió con los dirigentes: mientras más los oía hablar en entrevistas personales, mientras más los conocía y sabía de sus pellejerías, se iban transformando en personajillos ambiciosos, amorales, decepcionantes. El club les interesaba, sí, pero no más que su patrimonio, su cuota de poder o sus cuentas de ahorro.
Por eso no me sorprende tanto que sea precisamente esa Trinchera y ese tipo de dirigentes [herederos todos de la peor faceta del Gordo González] los protagonistas tras las bambalinas de la tragedia que hace una semana acabó con la vida de Walter Oyarce. Todos los involucrados, ojo, tenemos nuestra parte en este desaguisado: los políticos, la policía, los aficionados, los periodistas y los titulares de los clubes. Unos por promover la violencia, otros por no denunciarla, otros por apañarla y consentirla. De todos, sin embargo, los que merecen mayor sanción penal y social son, sin duda, los barristas y los dirigentes.
Vomitados de algún disfuncional ventrículo del corazón de Norte, esos ‘palquistas’ con remoquetes criminales (Loco, Ratón, Calígula, etcétera), lejos de representar al aficionado que uno siempre quisiera ver en la tribuna, hoy consolidan un nuevo tipo de delincuente, el más nefasto quizá: el lumpen con plata, el malandro influyente.
Del mismo modo, esos ‘dirigentes’ cremas que el sábado por la noche salieron rápidamente a balbucear una excusa cobarde, precisando que los palcos eran jurisdicción privada, haciendo asustadizas objeciones técnicas y jurídicas cuando lo que tocaba era decir “perdón, lo siento, no tendré responsabilidad legal, pero asumo mi culpa moral”, todos esos profesionales mediocres que buscan en el fútbol la plaza y el dinero que el mercado no les da, son igual de responsables y abyectos que los asesinos materiales. No por lo que hicieron el sábado, sino por lo que dejaron de hacer todos los años anteriores.
Nunca abdicaré de mi cariño por la U. Pero cuando digo la U me refiero a la vocal; al símbolo cosido en la camiseta; al equipo impago que gana en la cancha a pesar de todo; a la historia levantada por tantos hombres en tantas circunstancias adversas. Jamás podría compartir ni un gramo de sentimiento, ni una brizna de identidad, con esos vándalos con correa, ni con esos dirigentes sin pantalón: principales culpables de que hoy el Monumental sea una moderna tumba con graderías.
Mi más sentido pésame al papá de Walter. Me parte el corazón que la vida de su hijo haya tenido ese final.
Renato
Cisneros