Miércoles 22 de Febrero del 2012

Columnistas | 11-12-2011 | Eduardo Dargent

MANO DURA

Un argumento siempre es más poderoso si nuestras razones normativas van acompañadas de razones que apelan al interés de quien queremos convencer. Eso es lo que esta semana han hecho algunos al criticar al gobierno por su manejo del conflicto en Cajamarca. Declarar el Estado de emergencia y criminalizar la protesta no solo sería malo por ser poco democrático. Además, señalan, al Gobierno no le conviene tomar esa ruta pues perderá popularidad y podría incrementar la inestabilidad.

 

Como evidencia de este escenario negativo, apuntan al bajo nivel de aprobación de Alejandro Toledo y Alan García tras haber adoptado posiciones similares. Pelearse con las regiones, ser percibido como defensor de la gran empresa y usar la fuerza no pagaría políticamente. De tomar esta ruta, Humala podría terminar arrinconado con un 25-30% de aprobación, como sus predecesores. El razonamiento me parece plausible.

 

Sin embargo, les confieso que el argumento opuesto tampoco me parece descabellado y haríamos bien en considerarlo quienes vemos con preocupación lo ocurrido esta semana. ¿No es posible que con esta estrategia de mano dura Humala mantenga o aumente su popularidad? Al endurecer su posición, Humala sin duda perdería parte de sus simpatizantes regionales y a la izquierda urbana, pero podría ganar el apoyo de otros sectores. Podría construir una alianza social similar a la que le dio niveles respetables de aprobación a Fujimori: clases medias y altas que aprueban su política económica y sectores pobres beneficiados por programas sociales. Y todos, claro, apoyando un manejo más vertical de los conflictos locales.

 

Quienes proponen la primera lectura, seguro dirán que esta mayoría ya no puede construirse. El romance entre reformas de mercado y aprobación popular durante el Fujimorismo fue posible por el fin de la hiperinflación y la violencia, y por el retorno del Estado a un territorio abandonado. Hoy la población, especialmente en zonas rurales, demandaría cambios más profundos como para apaciguarla con programas sociales. Pero también es cierto que Humala podría ser menos ortodoxo que Fujimori, implementar programas sociales más ambiciosos e intentar mantener un discurso crítico que lo distinga de la derecha. ¿Es posible actuar como pide la derecha en el tema de la minería y la protesta local, y ser de centro-izquierda en otros temas?

 

Cabe también, por supuesto, la posibilidad de un punto medio: un Humala que pierde su alta popularidad, pero no al extremo de caer a los niveles de gobiernos anteriores. Si el Gobierno sigue con el estilo de mano dura, veremos en el futuro cuál posición es la correcta. Las próximas encuestas, a pesar de un sesgo urbano que habrá que tener muy en cuenta, nos darán una primera aproximación a cuál interpretación es más certera.

 

Concluyo con una preocupación normativa y un consejo. Declarar el Estado de emergencia sin causa suficiente, congelar fondos regionales sin un procedimiento claro y “retener” a alguien sin mandato judicial son actos que chocan con la democracia. Si bien comparto la desconfianza en líderes radicales ideologizados, me preocupa mucho el creciente tono marcial del Gobierno, y me preocuparía más si la población lo termina aprobando. Y el consejo va para esa derecha que hoy celebra la mano dura: cuidado con que los actos que aplauden fascinados sean mañana usados en su contra.

 
Eduardo
Dargent

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